ISSN 1989-1938
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Quadern de Llibres

Las formas disconformes


Título: Las formas disconformes
Autor: Jordi Doce
I.S.B.N.: 978-84-15766-10-0
Editorial: libros de la resistencia

Sonograma_JORDI DOCEEn su colección de ensayos Las formas disconformes (Libros de la resistencia, 2013), el poeta, crítico y traductor Jordi Doce (Gijón, 1967) aborda el vínculo necesario e inviolable entre el logro literario pasado y el presente; la necesidad de la crítica de defender la integridad de la obra de arte; la relación esencial entre la parte y el todo; la impersonalidad poética y la relación del creador con la tradición: “El acto creador, para cumplirse, ha de apoyarse en una cierta ignorancia de su destino; es una ignorancia activa, desde luego, que se alimenta del deseo (un deseo que la obra final apenas satisface) y el afán de búsqueda”.
Afirma el asturiano en “José Ángel Valente en cinco tiempos”: “El autor de El inocente tuvo siempre muy presente el ejemplo de Cordelia y su respeto intransigente por la palabra. Un respeto en el que tienen igual peso la hipersensibilidad y la desconfianza (…) Valente fue siempre un poeta lacónico, sabedor de que las palabras pueden ser infinitamente manipuladas, tergiversadas e instrumentalizadas”. Defiende Doce “la necesidad de sustraerse del mundo para hacerlo comparecer con más fuerza en la escritura, el apartamiento como una maniobra que permite marcar el paso, imponerse”. El poema es sinónimo de orden, un cuerpo orgánico en el que cada parte se relaciona y deriva su importancia desde su lugar en el todo.
Este enfrentamiento entre orden y conflicto no es nuevo, sino una constante en la obra del creador de Otras lunas (2002) o Monósticos (2012), obras definidas por su carácter fragmentario y sus continuos cambios en el tono y la forma. El dilema entre estructura y vida es uno de los temas que recorre Las formas. La colección se ocupa, por un lado, del poema como “formalización de una energía, una estructura orgánica y más o menos estable en la que se dirimen (…) tensiones de toda índole” y por el otro, del poema como “forma persuasiva que se sitúa en una relación de conflicto o al menos de discrepancia con su entorno”.
Horma y creatividad. Disconformidad y límite. El ejercicio de la traducción no es ajeno a estas dualidades. En “Transformaciones y correspondencias” Doce aborda la imposibilidad de trasladar de un idioma a otro. Al “impulso narcisista”, a “la reafirmación del yo”, Doce opone el ejemplo de Octavio Paz: “la traducción es reconocimiento y aceptación de la alteridad, no su colapso mediante una identificación falaz entre poeta y traductor”. Al resumir los logros del poeta mexicano, Doce se reafirma en “el tirón y la atracción de lo ajeno, la urgencia moral que busca el desafío de la alteridad y amplía o renueva los lenguajes establecidos”.
En “Ángel Crespo. El orgullo del traductor” el asturiano cita el ensayo de Crespo “La traducción de la Commedia de Dante” para asegurar que “lo deseable es que un traductor de poesía sea también poeta, pues “sólo alguien que ha tenido experiencia semejantes – no necesariamente idénticas – a las del autor debería intentar traducir sus textos”. Lo mismo podría decirse del crítico: relata las experiencias estéticas transitorias y las relaciona con la totalidad de la obra de arte. La tarea de la crítica, sostiene Doce, “percibe la necesidad o la imantación de ciertos vocablos, se abisma en la contemplación de sus entrañas y revoca o cancela el carácter arbitrario del contrato entre significante y significado”.
Los ensayos de Las formas persiguen la inter-penetración de la parte y el todo, el detalle y estructura. En “Sueños de arena”, se afirma: “El monólogo concluye, pero no el poema, que vuelve sobre sí mismo dibujando una circunferencia perfecta”. La composición “El lenguado” de José Watanabe es un logro, un descomunal retrato de “la pequeñez y el asombro”: “Lo sabemos porque “lo gris contra lo gris” del segundo verso queda envuelto, trascendido, por ese vasto fondo marino cuyo sentido es precisamente que no lo tiene: ilimitado, incontenible, es el reino de la potencia”.
En “El espacio de la inminencia”, Doce describe así los esquemas visionarios creados por Wordsworth y Coleridge: “El llamado “egotismo sublime” de Wordsworth no es una coartada para el realismo sentimental y la confesión más o menos encubierta, sino que remite a la acción moldeadora, unificadora y dadora de sentido – palabra mediante de la imaginación”. En el caso de Andrés Sánchez Robayna, al que Doce dedica el ensayo, “sitúa en la imaginación el aliento que anima y vivifica la materia del mundo (…) una poética del asombro y la percepción sensorial; por el camino su palabra se ha cargado de luz y de sentido, de gracia y de recuerdos, hasta decir como pocas la materia del mundo y nuestro paso por él”.
El modernismo (y posmodernismo) que han influido el arte de buena parte del siglo XX y el XXI implica una ruptura, consciente de sí misma, con el pasado; en Las formas se aboga por la co-temporalidad del pasado y del presente. Álvaro Valverde, escribe Doce en “Diré lo que me huye”, “aspira a establecer un vínculo sostenible y ecuánime con su entorno. Un enlace hecho de respeto y curiosidad renovada que, por un lado, se niega a idealizar la naturaleza o incurrir en sobadas y anacrónica alabanzas de aldea (…) y que por otro sabe poner límites al afán insaciable de colonización y de dominio del yo sobre cuanto le rodea”. Sin embargo, no se desdeña la idea de progreso artístico. Sobre el poeta visual Eduardo Scala, Doce afirma que “nos da estrellas que son también mandalas, anclajes para la meditación, molinos de oraciones que al dar vueltas revelan un mensaje más o menos cifrado”. El arte mejora con el tiempo, la tradición “es una cifra que cabe interpretar, pero quienes se preguntan saben perfectamente que una buena pregunta motiva la respuesta deseada, la inequívoca”.
Los cambios revolucionarios, por tanto, son aún posibles. Son, además, deseables. Acerca del poeta Pedro Casariego Córdoba, dice Doce: “Lo curioso, y en última instancia lo saludable (…) es que esta poética idealista se traduce en una poesía de corte vanguardista, afín a cierto cubismo, sin excluir una veta de humor corrosivo que bucea con avidez en las distintas manifestaciones de la cultura popular”.
“Los libros son mallas que caen sobre lo real sin esconderlo”, sostiene el asturiano en “Túmulos, vigas, respiraderos”, “[Esther Ramón hace] que en los intersticios se dibuje otro rostro, la superficie de aquello que escapa a nuestras definiciones previas y que por eso mismo desafía nuestra comprensión, nos reta a comprenderlo”.
En definitiva, Doce privilegia la emoción directa. Lengua y objeto se identifican en el verso y en la pintura de Ràfols-Casamada. El objeto deja de existir. El significado es más que la alucinación del significado. El lenguaje, desarraigado, se adapta a una vida independiente, de aliento atmosférico: “Mirar es dejarse atrapar por lo mirado, vivir en su aire. En este caso, es evidente que estamos ante una obra que ha alcanzado la difícil belleza de la naturalidad, que respira sin esfuerzo ni violencia: el aire de estos cuadros nos subyuga por su limpieza”. Bella evocación de la obra de Ráfols-Casamada, sirva a modo de resumen de lo que Doce consigue con esta colección de ensayos.

Texto: José de María Romero Barea