ISSN 1989-1938
Espai web patrocinat per:
Revista de pensament musical en V.O.

Mitze Katze, o la vana búsqueda de una justicia poética


MARINA BIANCHI · Università degli Studi di Bergamo

[José de María Romero Barea, Mitze Katze, Amargord, 2016]

José de María Romero Barea (Córdoba, 1972), licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Sevilla –donde reside y trabaja–, es profesor, poeta, narrador, traductor y periodista cultural.

Como poeta, es autor de Poesía (qué si no), cuya primera sección, El corazón el hueco, consta de la trilogía Resurrecciones <http://www.diariolatorre.es/typo1/index.php?id=269&tx_ttnews%5Bpointer%5D=19&tx_ttnews%5Btt_news%5D=5170&tx_ttnews%5BbackPid%5D=288&cHash=679978804c> (Asociación Cultura y Progreso, 2011), (mil novecientos setenta y) Dos <http://autoresenhuidaplaquettes.blogspot.com.es/p/jose-de-maria-romero-barea.html> (Ediciones en Huida, 2011) y Talismán <http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/150083/talisman#.U-CtBeN_vQo> (Anantes, 2012), del que la plaquette Ridículo ciego feliz en mi sitio <http://fieldofficeagency.com/qavenue/chapbook-catalog> (Q Ave Press, 2012) fue un adelanto. Su último poemario editado es Un mínimo de racionalidad un máximo de esperanza <http://bibliotecadeaguilar.blogspot.com/2013/05/fondo-local-poema-i-de-jose-de-maria.html> (Alfar, 2015). En todas sus composiciones, sus metáforas son intensas y contundentes, y van de la mano de un gran cuidado formal, no sólo por el ritmo bien medido, sino también por la elegancia del vocablo meditado. En su escritura reflexiva, la emoción surge de repente a raíz de una imagen y luego da vueltas en el pensamiento de Romero Barea o en la página en blanco, hasta alcanzar la expresión exquisita y la evocación lírica, características reconocibles tanto en sus versos como en la serie de novelas, o, mejor dicho, en las colecciones de cuentos secuenciales en prosa poética y que nuestro autor cultiva paralelamente a la escritura en verso. Tras la primera entrega de Interrupciones. Hilados Coreografiados <http://www.luzcultural.com/?p=623> (Ayuntamiento de Aguilar de la Frontera, 2012) y la segunda de Interrupciones II. Haia (Nuova Cultura, 2015), el autor nos regala ahora Mitze Katze (Amargord, 2016), a las que seguirá Oblicuidades, aún inédita.

sonograma-Mitze-katzeComo incansable promotor de la poesía, Romero Barea, se dedica además a la ardua tarea de trasladar versos del inglés a su lengua nativa: ha traducido el poemario de Curtis Bauer Spanish Sketchbook / España en dibujos <http://elclubexpress.com/blog/2012/04/09/encuentro-con-la-poesia-de-curtis-bauer-y-jose-maria-romero/> (Ediciones en Huida, 2012), Disarmed / Inermes <http://fieldofficeagency.com/qavenue/chapbook-catalog> de Jeffrey Thomson (Q Ave Press, 2012) y Gerald Stern. Esta vez. Antología Poética <http://www.vasoroto.com/?lg=mx&id=4&lid=133> (Vaso Roto, 2014). Finalmente, como crítico de narrativa, poesía, ensayo y novela gráfica, colabora con sus reseñas, entrevistas y traducciones en diarios y revistas literarias españolas, hispanoamericanas, estadounidenses, italianas y francesas, en formato digital y en papel; entre ellas: la sevillana Nueva Grecia, de cuyo consejo de redacción forma parte. Una amplia selección de sus textos críticos se halla recogida en los volúmenes Asalto a lo impenetrable (Carpe Noctem, 2015) y La fortaleza de lo ilegible (Kokapeli, 2015). Además, es miembro de la Asociación Colegial de Escritores de España (A.C.E.), para la que ha coordinado las I Jornadas de narrativa Sevilla 2014 y las I Jornadas de Crítica Literaria ACE-Andalucía 2014, y de la AAEC-Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios; pertenece a la Asociación Cooltura, Acción y Poesía y a la Asociación Nueva Grecia, así como al Circuito Literario Andaluz <http://www.juntadeandalucia.es/cultura/caletras/opencms/es/datos_maestros/participantes/autores/romero.barea.jose.maria.html?url=/es/portal/programas_literarios_estables/ronda_andaluza_libro/listado_autores/autor/>.

Mitze Katze pertenece a una serie experimental reunida bajo el título de Interrupciones; como se lee en mi introducción a Haia, en sus entregas el autor pretende explorar distintos registros narrativos sin perder las conexiones que las atan unas a otras: todas surgen de las coincidencias que sorprenden a los personajes en una Sevilla reconocible a la vez que surrealista. Desde luego, la serie en su conjunto concurre en devolver un mismo recorrido sensorial por distintas visiones sobre la vida, “una especie de fábula, una parábola moralista sobre la música y la experiencia”, en busca de una “justicia (poética) donde no es necesario” (“Entrevista a José de María Romero Barea”, Mis libros preferidos, agosto de 2014, <http://mislibrospreferidos.com/>, p. 1), en palabras de su creador. Con esta finalidad, Eric y Ruth, Haia, Anouk o Clara, Deseada, Alex y Polifemo, y ahora Gina, Mitze y Katze, todos ellos personajes en perpetua metamorfosis, deambulan como el autor por la ciudad de Maravilla y se dejan sorprender por lo que los rodea, por los recuerdos indivisibles de los de Romero Barea, por las emociones que surgen sin tregua –y a menudo acompañadas por la música o el canto de los pájaros que las armonizan, o por los ruidos de la calle. Esta vez aparece además Mateo, el único que no pasea por la ciudad, y Mitze se encarga inesperadamente de añadir acción a las imágenes. Como siempre ocurre en Interrupciones, los periplos de los protagonistas, cuyo destino nunca coincide con el esperado, a menudo los llevan al lugar metafórico del recuerdo o de la escritura, donde encuentran su identidad. Como de costumbre, desde una polifonía de pensamientos, de estados de ánimo y de voces, los personajes se van definiendo en su infatigable lucha contra una postmodernidad cada vez más alienante, pero en esta tercera entrega a menudo el sentido poético de la existencia, donde residen la armonía, la belleza, la paz, el amor, la verdad, el conocimiento de uno mismo y de la naturaleza humana, se les escapa y sólo les queda la espantosa realidad de la que no logran salvarse. Además, tanto en el caso de Mitze Katze, como con referencia a Hilados Coreografiados o Haia, se trata de textos ambiciosos, a veces desconcertantes pero siempre sorprendentes, los primeros dos en una prosa poética elegante y refinada, el tercero con su exploración de registros que proceden de distintas variedades diafásicas: el típico de Romero Barea, el coloquial, el vulgar, el académico simulado y el lenguaje de los “paisajes sonoros”, sin renunciar a la función sugerente de la palabra y las imágenes. Como en las entregas anteriores, en Mitze Katze aún se percibe la convivencia del caos de la actividad psíquica antes de que el cerebro la organice en un discurso coherente y cohesionado, y de la escritura razonada, medida y clara que transmite la emoción sin falsearla.

Pese a las similitudes, los que conocemos a Romeo Barea percibimos desde el comienzo que algo ha cambiado: el presagio y la intuición siguen guiando al lector, puesto que nada se nos cuenta en el momento esperado, pero el grado de narratividad va creciendo, y en el interior de esta novela aumenta de forma imprevista, hasta proporcionar los hechos que marcan el pasado y el presente de Mitze. La poematicidad cede unas cuantas páginas a la narratividad, a la vez que aparecen referencias concretas, aunque ficticias, temporales o espaciales, lo mismo que los objetos tienen nombres propios de marcas conocidas y los libros recobran sus títulos –normalmente más de uno. Como se adivina por el reducido número de capítulos, ya no se puede acceder a la obra concibiéndola como un conjunto de cuentos independientes, lo que Hilados Coreografiados invitaba a hacer y en Haia no estorbaba la lectura, aunque sí la comprensión del significado profundo; aquí no: entremezclados con las interrupciones de elementos de otra índole, encontramos un planteamiento, un nudo y un desenlace final que marcan una secuenciación inamovible –y que intentaré no desvelar.

Precedida por un prólogo a cargo del narrador, poeta y crítico Jaime Priede, Mitze Katze se abre al amanecer, con la “irrupción de la realidad en una página del sueño”: una mañana cualquiera, el mundo vuelve a su caos postmoderno, y Mitze retoma su papel de espectador del gran teatro del mundo en las calles de Maravilla, o ésa es la sensación inicial. En las primeras páginas, nada se cuenta, todo se descubre por imágenes, como es típico de nuestro autor; pese a ello, desde el comienzo, los fragmentos dedicados a Mitze, en los que el personaje habla en primera persona, se alternan a la imagen de una pareja en la cama: Katze y Gina, cuyo marido no es él, sino Tadeo. Por primera vez en la trilogía, se habla de sexo, o mejor, de las emociones que de éste surgen, de la soledad del hombre cuando la mujer está lejos y del libro que lee para conjurar su ausencia, y a ratos el léxico se acerca al de la calle. Al principio, Mitze aparece como el autor del libro de Poli, una clara referencia a Haia, que escribe en secreto: es el creador de “una obra coral dedicada a Mateo Dahl, a Juan Clara, a Polifemo, que Mitze quiere estrenar” y que nace de la “honda emoción que provoca en Mitze su viaje de vuelta a Maravilla y a los familiares”; también es suya otra pieza coral, “inspirada, además, por la historia de Mateo, Jan y Polifemo y su vida en Maravilla”. Que los nombres cambien no nos sorprende, y vemos aquí una clara referencia a la realidad no ficcional de la trilogía narrativa de Romero Barea; por las primeras dos entregas, ya sabemos que ninguno de sus protagonistas puede ser el mismo de forma constante, por lo tanto, ya intuimos que Mitze será también otra cosa a lo largo de la novela.

De momento, el trasfondo parece ajustarse a un estilo que reconocemos muy bien como el de Romero Barea: las referencias cultas, no sólo literarias, la incomunicación, los sueños, los libros, la música, los personajes que saben que lo son o que se confunden con el autor, Maravilla que ahora tiene su río Lielaupe, la alternancia de voces y perspectivas, la escritura como un paréntesis fuera de la realidad y de la cordura. Pero aquí el tiempo pasa, no se trata de imágenes atemporales, sino de “la hoguera donde arden pasado y presente”, de los ríos de Jorge Manrique “que van a dar en la mar, / que es el morir”: casi sin darnos cuenta, del mundo poético suspendido de Hilados Coreografiados nos hemos acercado cada vez más al real que nos rodea y a una escritura comprometida que denuncia los males, los malos sentimientos y la mala conciencia de nuestra sociedad. Poco a poco la fealdad de la vida humana se apodera del espacio ficcional, en la medida en que aparecen las enfermedades, el alcohol, el egoísmo, la muerte, las lágrimas, los policías, las normas, la jerarquía, la melancolía, la soledad, los niños mendigos, los abusos, las injusticias, la falta de valores, la prostitución de menores, la guerra y el sentimiento de culpabilidad que va royendo a los personajes. Llegamos así al final del primer capítulo, el más largo de los cuatro, para descubrir el terrible pasado de otra de las identidades de Mitze, un sin techo cuya infancia lo llevó a ser un niño soldado, capitán a los once años, criado entre las minas antipersona, la muerte, la tortura y los abusos, aunque, nos advierte el mismo personaje: “ahora que lo pienso, no sabría decir si todo esto lo he vivido o lo he leído o lo he soñado (o las tres cosas)”. Y un nuevo encuentro de los amantes interrumpe la lectura.

El segundo capítulo se titula “Historia universal de la lluvia, Polifemo Alba en la Maravilla finisecular”, cita de una reseña ficticia sobre la trilogía Infancia, de Polifemo Alba. No es difícil descubrir que se trata de una autocrítica irónica que simula el lenguaje académico –con notas a pie de página para las referencias bibliográficas, igualmente falsas–, cuyo texto se alterna a los fragmentos que se refieren a Gina y a Katze, a sus encuentros y a sus elucubraciones. Por supuesto, el engaño, la metaliteratura, la parodia y la experimentación también son elementos postmodernos, que, junto con la sucesión de emociones contrarias, concurren a recrear la complejidad del mundo con sus antinomias y sinsentidos. Al parecer, es un artículo que Mitze lee tras encontrarlo en la basura, y que avisa al lector de la importancia del río Lielaupe y de lo que puede pasar más adelante. Entre divagaciones y un paréntesis en el que aparece Ruth, la mujer de Eric tan presente en Haia, que se ofrece para acompañar a Katze bajo el paraguas por la calle Fin, asistimos a un impactante cambio: el mendigo, víctima de la vida y hasta de sus amigos que le roban lo poco que tiene, se vuelve verdugo. De nuevo la narratividad conquista terreno: la acción requiere toda la atención del lector, que justo después asiste a la indiferencia inocente de Katze, otro sentimiento que se respira a menudo en esta sorprendente novela.

En el tercer apartado, los personajes vuelven a sus paseos meditativos por las calles de una Maravilla, emblema de España, que enseña sus contradicciones: su luz, pero, sobre todo, su lado oscuro, sus enfermedades y unas autoridades sanitarias que quieren tratar a la totalidad de la población “en riesgo de felicidad absoluta”. La calle Fin es su centro, el destino final o el comienzo de otro camino, un ritual de muerte, “un rito de paso obligado hacia una zona liminal […] donde se da la eliminación de un estatus formal para nacer en otro”. El capítulo se abre con la alternancia de los comentarios sobre lo ocurrido a Gina por mano de Mitze y las cavilaciones literarias de Katze, catedrático de universidad, acerca del imaginario poeta y dramaturgo René Parasí –cuya biografía se parece a la de Miguel Hernández–; tras pasar por el fuego purificador y premonitorio que no mata a Katze, la sección termina en las consideraciones sobre la muerte o el homicidio, y en los sueños de Mitze y de Katze relacionados con el tema. En la calle Fin, los dos personajes avanzan en direcciones opuestas hasta el dramático encuentro, y de nuevo la muerte se vuelve “el sueño que permite experimentar con nuevos modos de ser y nuevas prácticas de devenir”, que anula “cualquier símbolo de distinción social o corporal”. Como es de suponer, quedar vivo implica permanecer en la cárcel metafórica de la vida o, para Mitze, en la real, tras ser detenido por la policía.

El último capítulo se abre en la prisión, trece años después, escenario del asombroso epílogo narrativo en medio de la indiferencia y el egoísmo de los guardias y del mismo Mitze, cuyo antagonista es ahora el heroico Mateo Dahl. Cierra la novela el monólogo de Eric, que habla en primera persona, renunciando a las voces de sus personajes en los que se refleja: se describe a sí mismo, nos cuenta cómo surgió Mitze Katze y sabe que vive en sus protagonistas.

En conclusión, si Hilados Coreografiados regala la impresión de estar frente a pinceladas sueltas en una coreografía armónica de escenas diferentes que de repente generan puntos de encuentro casuales, y Haia la de la composición de un puzzle que va tomando forma mediante el flujo de conciencia y que sólo al final desvela la imagen global, en Mitze Katze asistimos a una reflexión fragmentaria sobre la vida y, aún más, sobre la muerte y su crisol de matices, sobre el sueño, la escritura y el malestar del hombre, entremezclada con fragmentos de historias de identidades malogradas, perdidas y recobradas que se confunden entre ellas, lo mismo que los géneros textuales en el collage metaliterario, y donde prima la de Mitze. O, como se lee en el tercer capítulo, Mitze Katze se configura como:

un espacio de escape de lo cotidiano, un lugar de residencia perpetua, de resistencia mutua. La muerte, que permite a los autoidentificados como liminales acceder a un espacio donde desarrollar su identidad, una inversión social y subversión contrahegemónica del poder establecido. La fuga permanece aislada en este espacio marginal, diríase ghetto, en los márgenes de la vida. Al morir, Mitze y Katze vuelven a su vida cotidiana, a lo real, dejando atrás este espacio alternativo, esta cueva nuclear, este espacio virtual que permite la inversión carnavalesca del orden social, donde se suspenden las normas sociales habituales, creándose otras a través del travestimiento de la cotidianedad y se genera un espacio alternativo que actualiza cierta forma de virtualidad a través de ciertas performaciones. La mitzekatcización permite cambiar las formas de interactuar y de conocer al otro. La katzemitzación supone un cambio en los filtros o condicionantes comunicativos.

Si tuviera que describir con un adjetivo la experiencia de lectura de la obra, diría que es “estupefaciente”, tanto por las novedades estilísticas que implica, como por la historia que cuenta y por el juicio del autor –José de María o Eric, poco importa– sobre el pobre Mitze al que no concede ni un solo remordimiento, pese a que no le faltarían razones para justificar su actuación. Es muy fácil imaginar a Mateo, a Katze encerrado en su irritante ingenuidad y por ende indiferencia, o incluso a Gina, pese a su papel, pero es estremecedor descubrir que un mismo personaje carga con toda la fealdad de la existencia y su conciencia no encuentra ni siquiera una palabra para salir de su soledad silenciosa y estridente a la vez. En Mitze Katze, la clave interpretativa estiba en la presentación de la compleja y absurda realidad de la que la escritura huye, en el paso del tiempo que genera una superposición de recuerdos negativos cargados de egoísmo y apatía, que también piden su voz para justificar la búsqueda de la armonía y la belleza que ha marcado las entregas anteriores. Sin embargo, pidiéndole disculpas a Romero Barea y a los lectores que en su mayoría no estarán de acuerdo conmigo, como aficionada al verso mucho más que a la prosa, y como tenaz admiradora de la familia Áurea y de Poli, me quedo con la justicia poética de Haia

 *  *  *