ISSN 1989-1938
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Revista de pensament musical en V.O.

Un acercamiento a la figura de Béla Bartók


SECCIÓ A CÀRREC de CARLES GUINOVART I RUBIELLA 

Leer análisis Mikrokosmos nº 103

Partitura Mikrokosmos nº103

 

Leer análisis Mikrokosmos nº 108

Partitura Mikrokosmos nº108

 

Hablar de Bartók es hablar de Hungría, de un país situado en el extremo oriental de Europa, en un corredor entre dos mundos, Asia y Europa occidental. Impregnado de muchas culturas y sujeto a muchas influencias (históricamente: invasiones bárbaras, siglos V a VIII; dominación turca durante siglo y medio, 1541-1686; Imperio Austro-Húngaro). Un país tantas veces invadido y, sin embargo –quizás a causa de ello – mucho más celoso de su genio, de su naturaleza esencial, de su voluntad de ser. Hablar pues de Bartók es hablar de esa verdad genuina del pueblo húngaro, de la raza magiar, de algo auténtico que ha sabido preservar y que siente como verdaderamente suyo.
La patria de Bartók, esa Hungría de fines del siglo XIX, vive, sin embargo grandes crisis y cambios. Tras haber luchado durante siglos por su independencia, pierde trágicamente la guerra de 1848-49 contra la Austria de los Habsbourg, debiendo adoptar un compromiso con Viena que si bien simula una cierta autonomía y pacificación, codifica de hecho su servilismo a la nación vecina. Ante estas circunstancias se comprende mejor el profundo nacionalismo del hombre íntegro y patriótico que fue Bartók y su deseo de revalorización de los valores autóctonos. Su postura de militancia política (llegó incluso a caricaturizar, en su poema sinfónico “Kossuth”, 1903, el himno austríaco).
Bartók se entrega con todas sus energías y entusiasmo a la causa de la música popular de su país. Junto con Kodaly, intenta recuperar los cantos ancestrales transferidos oralmente de generación en generación entre los campesinos de los más remotos pueblos y aldeas. Es ciertamente emocionante el tono con que Bartók cuenta en sus cartas los pormenores de su labor y el esfuerzo que requiere el hacer cantar a esas sencillas gentes; es, según su propia expresión, uno de los momentos más felices de su vida. Desde luego sabe que está rescatando parte de un tesoro casi legendario con su modesto gramófono, un algo vital que, desgraciadamente, con el progreso de la civilización se va a perder para siempre.
Consciente de la importancia de su trabajo se aplica enteramente a esta labor fundamental de investigación que le permite entrar en contacto con las primigenias de su raza y reconstruir poco a poco los valores esenciales de la música de su pueblo. Pero, mientras en otros compositores el uso del folklore, la canción popular, tiene algo de prestado, hasta quizás de gratuito, en Bartók se encuentra la conexión con el espíritu que alienta en lo más íntimo esta música popular. Su ciencia del folklore consiste en reinventarlo desde dentro y, precisamente porque la búsqueda ha sido dura, se ha convertido en vivencia y toma valor de testimonio vivido; el uso del folklore es, pues, en su música, un elemento de primera magnitud, una proyección hacia el pasado lejano que se convierte en el mejor fundamento para la edificación de un lenguaje nacional en el siglo XX: un lenguaje que no deriva de las fórmulas estereotipadas del romanticismo ni de la tonalidad tal como éste la entendía, sino de unos giros de rancio sabor litúrgico y gregoriano, quizás bizantino, que arrancan de la gran influencia que pudieron tener los cantos de la Iglesia durante la Edad Media, así como los ritmos irregulares de las danzas del Este, llenos de vitalidad, en los que no faltan incidencias orientales.
Bartók en el transcurso de su vida, no se limita al estudio del legado húngaro, sino que en su afán de búsqueda se interesa también por la música de los países colindantes primero, y poco a poco va expansionando su campo de acción hacia nuevas fronteras: Rumanía, lo que fue Yugoslavia, Bulgaria, Transilvania…, hasta llegar a la música árabe y al lejano oriente. Breves testimonios de este conocimiento lo encontramos en algunas de las piezas, como la nº 109, del Mikrokosmos, que lleva por título “ De la isla de Bali”, o la “Canción árabe, de los 44 dúos para dos violines. Si bien el propio Bartók confiesa que “Kodaly y yo pretendíamos hacer una síntesis de Oriente y Occidente” hay grandes obras en su producción que representan la culminación de esta síntesis tales como “El Mandarín maravilloso” cuya fuerza vertiginosa y sugestión colorista nos sitúa en un mundo mágico hipnótico e inédito.
Bartók es, sin embargo, un compositor del siglo XX, plenamente preocupado por los problemas estéticos de su época. Si bien es un profundo conocedor de las músicas del Este, reflexiona sobre todas las aportaciones europeas de la música contemporánea. En etapas sucesivas aplica el impresionismo a su estilo, así como el expresionismo en obras como la ópera “El castillo de Barba Azul” o el ballet ya citado “El Mandarín maravilloso”. Desde sus obras de juventud emplea las técnicas politonales al uso y algo más tarde la densidad cromática que le acerca a la estética atonal de la Escuela de Viena que pregoniza A. Schönberg, A. Webern y A. Berg.
Sin embargo, Bartók, aunque llegó a rozar la atonalidad, se considera siempre a sí mismo como un compositor tonal. Al igual que en Stravinsky, su lenguaje es anguloso, cortante, preciso, obteniendo de la disonancia toda una gama de matices y valoraciones expresivas. Mago de la sonoridad, descubre nuevas posibilidades instrumentales, nuevos efectos que amplían los recursos de su verbo y de su paleta. De este modo Bartók nos sorprende tanto en la orquesta como en los instrumentos solistas, tanto en la música de cámara como en el piano solo. En este último instrumento desarrolla la técnica de Liszt (otro húngaro inmortal) llevándola a un trascendentalismo sin precedentes, como dan muestra de ello los “Conciertos para piano” o la “Sonata para dos pianos y percusión”, una de las obras fundamentales de la música del siglo XX, tanto por su trato pianístico como por la substancia musical y perfección en la forma. Otra de la obras fundamentales de Bartók, una de las cimas de toda la música del siglo XX es, sin lugar a dudas, la “Música para cuerdas, percusión y celesta”. La obra arranca con una fuga que utiliza los doce sonidos cromáticos aun cuando no sea una composición serial. Esta fuga construida sobre uno de esos temas en expansión tan caros a Bartók, que parecen girar sobre sí mismos como lentos remolinos en espiral, se mueve en un clima soterrado (con sordina), sofocante, expresión de una angustia que prevé ya en el año 1936 –con la avanzada del Nazismo – la inminencia de una nueva guerra.
Bartók fue un gran observador de las leyes que rigen la Naturaleza, y de ahí extrajo extraordinarios principios para su arte (sabemos que fue un naturalista y coleccionista apasionado). Ernö Lendvai, que le conoció de cerca, asegura que son los fenómenos naturales que han conducido a Bartók a descubrir las leyes de la sección áurea, leyes que informan su sistema armónico y formal. Efectivamente, la proporción áurea se encu3entra en las espirales del Nautilos (caracol de mar) o de la piña, o tiene que ver con la disposición en la planta de las hojas a lo largo del tallo. El número de oro – dice Matila Ghyka – interesó ya a los antiguos griegos y romanos: Vitruvio señaló leyes arquitectónicas según sus principios; en el Renacimiento, el Tratado de Lucca Paccioli sobre la “Divina proporción” inspira las perspectivas de Leonardo da Vinci; e incluso en los tiempos modernos, el “Modulor” de Le Corbusier se basa en estos mismos principios.
Así pues, el arte de Bartók presenta múltiples facetas, desde la de un profundo conocimiento del folklore (llegó a recopilar millares de canciones de boca de los campesinos) hasta la del estudio minucioso de las proporciones temporales, pasando por un concepto de sonoridad que trasciende no sólo el impresionismo sino que llega a la casi atomización del sonido musical. Su preocupación pedagógica (desde la cátedra de piano que ya a los 26 años imparte en el Conservatorio de Budapest) deja como testimonio la magnífica colección de pequeñas piezas para estudiantes del “Mikrokosmos” y que, efectivamente, resume la riqueza de su pensamiento en pequeñas estructuras; así también su intensa vida de intérprete-pianista le hace conocer Europa desde muy joven, permitiéndole llegar a conocer hasta siete idiomas; todo ello nos pone pues en contacto con una sensibilidad artística de primer orden, un artista que aunque siempre comprometido con su tiempo –y con sus raíces étnicas- ha sabido conquistar el favor del gran público. Hoy Bartók, a pesar de su falta de concesiones y de su insoslayable integridad, es uno de los músicos más aceptados, aunque España quede algo rezagada, entre los compositores de su tiempo.

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