ISSN 1989-1938
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Revista de pensament musical en V.O.

El comprometido desafío de subirse a un escenario


DELIA AGÚNDEZ

Diversos medios de comunicación nacionales se hicieron eco, hace meses, de los desafortunados episodios de pánico escénico experimentados por figuras populares en el mundo de la canción, como Pastora Soler, Adele o Joaquín Sabina. El repentino interés por este asunto se extendió a la Música Culta, rememorando las tristes vivencias de cantantes consagrados como Roberto Alagna, Renée Fleming, María Callas o Enrico Caruso además de otros grandes instrumentistas como Vladimir Horowitz, Arthur Rubinstein o Pau Casals. Todos, con desiguales consecuencias en sus respectivas carreras, se vieron obligados a enfrentarse a los crueles fantasmas que arrastra este trastorno.

Montnegre Foto ©Josep Maria Miquel

Montnegre Foto ©Josep Maria Miquel

No es necesario, sin embargo, recurrir a las biografías de figuras destacables para llamar la atención sobre el tema. Los cuadros de ansiedad ante el escenario, en mayor o menor escala, son sorprendentemente habituales tanto en este sector como en todos aquellos que requieren una exposición a la evaluación de otras personas: actores, deportistas, conferenciantes, profesores o, incluso, estudiantes en general.

El grado de exigencia social al que el ser humano está sometido da lugar a que toda presentación ante los demás provoque cierto temor o una“alerta” natural. Utilizado de forma constructiva, puede resultar beneficioso para controlar adecuadamente la actividad llevada a cabo. El asunto se torna preocupante si este estado se convierte en una fobia social específica. En el caso de los músicos, cuando el acto de subirse a escena o, solo el pensar en ello, provoca unos niveles de ansiedad superiores a lo normal, lo que mengua considerablemente el disfrute personal y la calidad de la ejecución. Ante estas situaciones, cada intérprete desarrolla sus vías de escape. Oscilan desde acciones tan simples, como llevar amuletos o desarrollar algún ritual antes del recital, hasta acciones más contraproducentes a largo plazo, como tomar algún tipo de ansiolítico o,en casos extremos, abandonar definitivamente la actividad.

Son infinitos los factores que pueden desencadenar situaciones de este tipo. En ocasiones, radican en la experiencia vital y en las condiciones psíquicas de cada individuo. Por tanto, a veces deben ser atendidas y controladas por especialistas. De todas formas, existen otras cuestiones que, mediante la autogestión de una serie de pautas o a través de incentivos sociales, mejoran considerablemente estas incómodas alteraciones.

 Erróneamente, la educación tradicional en conservatorios y escuelas de música ha focalizado su atención en el perfecto dominio técnico del instrumento. Ello ha dado lugar a demasiadas generaciones de alumnos vedados a los gozos de la música a favor de un autocontrol constante y excelente de las obras. Además, las oportunidades de actuar ante un público, dejando a un lado las audiciones como herramienta de evaluación, suelen serescasas a lo largo del curso. Si a todo ello se le suma la propia presión social del estudiante, las consecuencias, en lo relativo a motivación y disfrute, pueden ser nefastas. En este sentido, el rol de los padres y su comportamiento también son básicos en la motivación de sus hijos. Las últimas reformas del sistema educativo español muestran una mayor sensibilización antes estos aspectos y ya,de forma muy puntual, algunos conservatorios imparten talleres que ofrecen herramientas para enfrentarse a las actuaciones musicales. Sin embargo, aún queda muchísimo por hacer en este terreno.

Por otra parte, sí hay algunas tareas que forman parte de la responsabilidad de cada uno.Para empezar, es fundamental y altamente productiva la preparación, madura y consciente, de las piezas musicales. Cuanto mayor sea su asimilación, mayor será la capacidad de dominar sus dificultades técnicas,dejando así espacio para la labor expresiva.

A partir de lo anterior, es importantísimo saber perdonarse los errores que se cometan y, sobre todo, relativizar la trascendencia de la actuación en sí. La perfección absoluta no existe y siempre habrá unos conciertos mejores que otros. Esta actitud reducirá positivamente los niveles de stress, el control obsesivo de la música y la autoexigencia feroz.

Todo músico, además, debe saber combinar dos factores clave ante una inminente actuación. En primer lugar, la puesta en práctica diferentes ejercicios de relajación muscular y respiración y, en segundo lugar, la eliminación de todo pensamiento negativo que pueda generar, a corto o largo plazo, un miedo irracional. Es el caso de expresiones tan familiares como “Me voy a equivocar” o “No puedo permitirme cometer fallos”. Un simple autocuestionario mental, realizado en un entorno íntimo y en un estado de sosiego, puede rebatir y relativizar estos pensamientos nocivos.

Por último y como objetivo esencial, no hay que temer al público que escucha. Éste no se compone de cruentos jueces que desean regodearse del fracaso de un músico. Todo lo contrario. Un auditorio es el lugar perfecto al que la gente, cansada de problemas, desea refugiarse y aplaudir con avidez una interpretación que les emocione. Por eso, ofrece amablemente sus oídos en busca de ese bálsamo y están abiertos al placer. Justamente, los conciertos memorables son aquellos en los que tanto audiencia como intérprete se inundan de música, moviendo sus espíritus al son de los afectos plasmados en la partitura, gracias a la belleza de una interpretación que fluye. Para contribuir a la mayor frecuencia de este deleitoso ritual y al bienestar de sus integrantes, tanto la sociedad (desde su totalidad hasta el último individuo pasando por las familias) como las instituciones educativas deberían reflexionar seriamente sobre su orientación y tomar medidas para que temores racionales, como el tratado en este artículo, tengan la menor cabida posible.

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