ISSN 1989-1938
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Revista de pensament musical en V.O.

Música del claroscuro


RAFAEL ARGULLOL

Un verano, hace diez años, me dediqué al extraño ejercicio de leer toda la tragedia griega que hemos conservado –Esquilo, Sófocles y Eurípides- como si fuera un solo libro. Fue una lectura fascinante que dejó numerosas huellas en el camino. Podría llenar muchas páginas con su recuerdo. O, por el contrario, sólo una que aludiera a la siguiente pregunta: ¿qué luz es propia de la tragedia o, más precisamente, en qué luz transcurren las tragedias? No es en la oscuridad, como podría suponerse ni tampoco desde luego, en la claridad. Su luz es el claroscuro y ese claroscuro resume a la perfección, con un único trazo, el espíritu de la tragedia.

He recordado esta impresión de aquellos días de enloquecida lectura al escuchar con atención, y con continuidad, la música de Benet Casablancas. Había oído, por supuesto, varias de sus obras en diversa épocas pero esta vez las escuché repetidamente a lo largo de una semana. ¡El claroscuro!, ¡era música del claroscuro!

Foto© A Bofill

Foto© A Bofill

Evidentemente la música de Casablancas no se identifica con la tragedia, aunque en ocasiones tiene gran fuerza trágica y a menudo –con marcada ironía- tragicómica. Me refiero al paralelismo con aquella luz que, en mi percepción, va acompañado de la paradoja de juzgar el sonido en términos visuales. Pero tengo una justificación: no hay para la música un término que se ajuste al admirablemente matizado chiaroscuro de Leonardo da Vinci.

Sin embargo, el claroscuro al que me refiero no es pictórico –ni fruto de traducir la música en pintura- sino acústico. Para mí la característica esencial de la música de Casablancas es el claroscuro. Si se prefiere la imagen topográfica: música en la encrucijada, música desde la encrucijada.

Resulta extraordinario que logre hacer fructificar un equilibrio tan tenso. Cuando la tiniebla amenaza brota la llama, en el peligro de la violencia aparece una repentina ternura. En sus últimas obras Benet Casablancas ha acentuado su maestría para habitar las encrucijadas. Era notable en New Epigrams (1997), es sobresaliente en Tres Epigramas para orquesta (2001) o en Celebración (2001).

Pienso que ese juego esencial de Casablancas, un duelo en el claroscuro, es posible gracias a su doble dominio de la técnica y de la tradición. Tiene, a este respecto, el gusto por la arquitectura diáfana de los mejores compositores recientes de Schönberg a Ligeti o Lutoslawsky. En todas las artes me gusta este sentido dirigido a la cristalización del caos. Casablancas posee este sentido espacial.

Su técnica es apropiada a una determinada perspectiva de la tradición. A diferencia de otros compositores contemporáneos Casablancas reconoce la música como cultura, como subsuelo de diálogos. En consecuencia integra caudales creativos de otras artes, como demuestra en Siete Escenas de Hamlet (1988-89). Sobretodo, no obstante, es capaz de conversar con la propia tradición musical. Casablancas ha comprendido que la vanguardia siempre ama desesperadamente la tradición y que en ese amor desesperado radica la auténtica actitud vanguardista. Esto le ha alejado de dogmatismos modernos y eclecticismos postmodernos.

La música del claroscuro: el gozo del intersticio, esas horas sutiles de la experiencia en que la respuesta a un enigma no puede ser, afortunadamente, más que otro enigma.

Rafael Argullol
(13 Feb. 2003)
[Published in: ‘Sibila’; Sevilla, 2004]

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