ISSN 1989-1938
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Revista de pensament musical en V.O.

Farinelli: un símbolo de éxito cultural


DELIA AGÚNDEZ

Pese a su paulatina normalización en el ámbito vocal, la figura del contratenor es indudablemente la más desconocida e, incluso, bizarra. Relegada a un discreto segundo plano a partir de finales del siglo XVIII, experimentó un florido resurgimiento gracias a la dignificación interpretativa de las composiciones diseñadas para tal tesitura que rescató el contratenor Alfred Deller (1912-1979). Sin embargo, el nombre de este trascendente músico, junto al de otros honorables sucesores, solo es recordado por los fieles entendidos del sector.

El impacto multitudinario de la cinematografía logró catapultar por delante de él a otro personaje. Habiendo vivido trescientos años antes y sin legar obviamente ningún documento sonoro, gozó, a finales del siglo XX, de una mayor admiración por parte de un público de diversa índole. Su nombre real era Carlo Maria Broschi (1705-1782); su apodo, Farinelli. Nacido en Andria (Italia) y educado en Nápoles, fue uno de los cantantes más venerados de su tiempo en los legendarios coliseos italianos, austriacos e incluso londinenses. Sus cualidades vocales, sus extraordinarias ornamentacionesy su atractiva personalidad lo convirtieron en una leyenda que superó su propia existencia.

fotografia ©Maria Ivanova

fotografia ©Maria Ivanova

Toda aquella admiración, enraizada en la memoria colectiva, fue diluyéndose muy paulatinamente aunque experimentó puntuales reconocimientos en algunas manifestaciones artísticas posteriores. Tal es el caso de La part du diable (1843), opéra-comique francesa compuesta por Daniel-François Auber (1782-1871) donde, en tono humorístico y desenfadado, Farinelli es el núcleo de una serie de alocadas intrigas y escarceos amorosos dentro de la corte del rey español Fernando VI. Cansado de su azarosa vida sobre los escenarios, el músico aceptó un suculento empleo en la corte madrileña. Fue aquí donde despuntó como empresario y director artístico en teatros como el del palacio de Aranjuez o en el del Buen Retiro y reservó exclusivamente sus dotes vocales para los oídos del soberano. Conocedores de su biografía, Auber y el dramaturgo Augustin Eugène Scribe (1791-1861), hallaron en él la clave perfecta para situar una ópera de enredo en aquel contexto histórico. Recurrieron, por supuesto, a un argumento absolutamente ficticio.

No fue el único creador que decidió inspirarse en la estancia ibérica de tan insigne celebridad y en aquel marco histórico y musical. En 1903, Tomás Bretón (1850-1923) estrenó Farinelli en el Teatro Lírico de Madrid. Era una ópera dividida en un prólogo y tres actos a partir de un libreto del poeta sevillano Juan Antonio Cavestany (1861-1924). Bretón trató de impulsar con ella su ambiciosa pero fallida creación de un género operístico puramente español.

Largo tiempo de silencio, y sobre todo de olvido, sustituyó a estas muestras elitistas de atención a Broschi. Fue necesario esperar hasta 1994. Aquel año se estrenó en todo el mundo Farinelli, il Castrato, una coproducción cinematográfica europea, dirigida por el francés Gérard Corbiau, y que fue acogida con impacto por los aficionados al séptimo arte.
Cuidada y elegante, aunque con holgadas licencias argumentales, refleja la vida del italiano. Prioriza la atención en sus conflictos interiores, ocasionados por un tormentoso torbellino de odio y admiración hacia el omnipotente Händel y, sobre todo, por su traumático proceso de castración. Se trataba de un método habitual en su época que perseguía la preservación de las voces infantiles más virtuosas. En su momento, la grandiosa banda sonora, grabada por Christophe Rousset y Les Talents Lyriques ofreció al espectador medio un riquísimo repertorio y, sobre todo, posibilitó su familiarización con un timbre de voz muy desconocido hasta la fecha. En este caso, empero, se recurrió a la emisión de dos cantantes mezclada artificialmente en los laboratorios franceses del Instituto de Investigación y Coordinación sobre Acústica/Música (IRCAM).

El largometrajese convirtió en un verdadero foco de atracción general. De hecho, en 1995 recibió, entre otros, dos premios César, el prestigioso Globo de Oro a la Mejor Película Extranjera e incluso fue nominado al premio Óscar en la candidatura de Mejor Película de habla no inglesa. Por extensión, Farinelli resucitó en un fabuloso manantial de producción mercadotécnica que ha seguido fluyendo incansablemente: programas de conciertos, discos, libros, composiciones musicales, etc. Un ilustrativo y muy reciente ejemplo es la salida al mercado de dos importantes producciones discográficas que, partiendo de diferentes concepciones, forjan un loado homenaje al divo: Farinelli. Porpora Arias de Philippe Jaroussky y la Orquesta Barroca de Venecia, dirigidos por Andrea Marcon (Erato, 2013) y El Maestro Farinelli del Concerto Köln bajo las órdenes del granadino Pablo Heras-Casado (Archiv Produktion, 2014).

Gracias al séptimo arte y cumpliéndose ahora veinte años de la película que lo promocionó a escala mundial, su leyenda sigue más vigente que nunca. Este fenómeno conduce a una interesante observación. Su actual trascendencia mediática no radica únicamente en motivos históricos o en sobrados méritos musicales. Ha sido también la fusión de ambas artes, Cine y Música, lo que le ha convertido en un objeto de interés social y, por supuesto, de oferta y demanda mercantil. Encarna claramente todo un ejemplo del inmenso poder de difusión al que pueden llegar las artes cuando, desde una aparente finalidad de ocio, asientan unos profundos pilares de conocimiento y se unen a favor de la difusión del riquísimo pasado histórico. Otro digno caso fue la promoción que experimentó la viola da gamba tras el estreno del largometraje francés Todas las mañanas del mundo (1991) de Alain Corneau. Sirva el modelo como aliciente para fomentar el panorama cultural con productivas colaboraciones de este tipo.

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