ISSN 1989-1938
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Revista de pensament musical en V.O.

¿Belleza hallada, belleza perdida?


Apuntes sobre la huella de lo estético, en ocasión de una creación cinematográfica

 El síndrome de Stendhal ha sido descrito como una saturación sensorial, producto de la extrema satisfacción estética. Una pérdida de referencias, una suerte de anulación o acaso pequeña muerte que acontece en el momento en que el sujeto es avasallado por el placer vivido ante una contemplación o degustación que inevitablemente lo desborda. Las fuerzas de lo sublime son inescrutables, y no siempre resiste la razón humana a ese noble destino al que según Immanuel Kant ha sido invitada en el ámbito de lo estético: el sentirse superada, casi anonadada por la alarmante existencia de la inmensidad material sabiéndose al mismo tiempo partícipe de un orden moral superior, el orden metafísico de las ideas que en última instancia -o primera, al tratarse de una disposición mental apriorística- lo salva. ¿Qué sucede, no obstante, cuando este orden ha dejado de ser concebido como viable? La confianza crítica en la razón no se reproduce en la generación que subsigue al sabio de Königsberg, y el Romanticismo, en sus diferentes vertientes artísticas, da muestras de las sombras que acompañan al exceso de luz. La experiencia estética deviene desde comienzos del siglo XIX constitutiva de la personalidad, que se reconoce sublimada frente a obras de arte o vivencias de una naturaleza cada vez más aparentemente ajena, artificiosa.

La gran belleza (2013), película dirigida por Paolo Sorrentino y cuyo guión escribió junto a Umberto Contarello, comienza con una muerte ante la impresionante visión de la ciudad de Roma desde el Gianicolo, una de sus muchas colinas. Un turista japonés, apartado del grupo para tomar una instantánea, cae fulminado. Ironía elocuente, la de la fijación extasiada que correspondientemente detiene el tiempo de vida. En un contexto de máxima paz se produce la salida de uno mismo, comprensible acaso bajo el signo de aquel síndrome; y como si el rapto no fuera lo suficientemente violento, el lema garibaldiano Roma o morte, esculpido en un monumento ubicado en las proximidades del belvedere, conoce súbitamente una variación felliniana, en descarada aplicación posmoderna de su característico kitsch: con un grito espeluznante el espectador es inserido en la celebración feroz y decadente -glamorosa y/o profundamente vulgar- de la noche romana, es transportado a un contexto orgiástico, repleto personajes de personalidad alterada a consciencia por psicotrópicos y variados enaltecedores del ego. De entre ellos destaca como un ángel caído Jep Gambardella, enfant terrible de la mundanidad y mordaz gallant’uomo, escritor que se manifestará impenitente con la pluma al tiempo que comprensivo con la fragilidad humana. En su deriva nonchalante, Jep demuestra ser un enfermo lúcido, irrecuperable literariamente tras la muerte por éxito de su primera novela, escrita como epitome de una juventud de esplendoroso e insatisfecho erotismo.
Sonograma_La-grande-belleza Pero volvamos al lema -problemática disyuntiva- Roma o morte, que articula subterráneamente la trama. Una dialéctica a la que difícilmente puede existencia alguna serle del todo ajena. Ante la imposible posesión de la belleza son legión los que escogen el segundo término de la alternativa. ¿Acaso no trabaja codo a codo aquella siniestra pulsión con la (im) posibilidad de la primera? La búsqueda desenfrenada del placer evidencia el salto, lo cual refuerza el vínculo freudiano entre eros y thanatos. Impulsos de naturaleza contrapuesta, que no obstante colaboran y eventualmente se retroalimentan en la búsqueda de una satisfacción que no puede alcanzarse de manera definitiva y permanente, por la propia constitución del deseo. La agresividad instintiva se pone al servicio de la lucha por la posesión de lo bello, lo que habría de garantizar la perpetuación. No hay Roma posible sin una dosis de morte, pero evidentemente con morte -en sentido estricto- Roma no puede ser. Es la aporía a la que se enfrenta el hombre desde época remota. En los últimos siglos, el fracaso del proyecto ilustrado y posterior auge de los romanticismos confirma que la reivindicación del sujeto no es unívocamente luminosa, racional o liberadora. Las obras de Friedrich Hölderlin o E.T.A. Hoffmann son, en este sentido, sumamente representativas. El ansia de una plenitud mítica, anhelo del eros platónico, acarrea la conciencia de su necesaria-insatisfacción.

 Conciencia trágica, en versión moderna, aquella que repite sin saberlo el acierto edípico, y yerra con falsa seguridad en la determinación de lo que desea. Los personajes que deambulan en los alrededores de la gran belleza, encabezados acaso por el más honesto de todos ellos, se recrean en la caída bajo el pretexto de tener ésta la forma de búsqueda, la búsqueda de una intensidad compensatoria y definitiva, que certifica lo imposible de la plenitud: fuga hacia adelante, precipitación al sinsentido que nace de la urgencia de un sentido que atrae y anula, como agujero negro de la voluntad. Albert Camus señaló en su sombría narración La chute la universal necesidad de auto-justificación, por parte de cada individuo, empeñado en defender contra todo y todos su merecida excepcionalidad. Algo que ya señalara Thomas Hobbes en el Leviatán, ese diagnóstico político que anticipa las diversas formas de cinismo posmoderno.

 En una Roma de decadente esplendor Jep Gambardella y sus amigos exprimen la banalidad de la vida desde áticos lujosos y jardines, en busca de una excepcional -por momentos excepcionalmente vulgar- intensidad. Autoproclamado ‘rey de los mundanos’, se confiesa asimismo abocado a la recreación estética en su dimensión más sutil, a diferencia de sus compañeros de juventud (“ero destinato alla sensibilità”). La película que protagoniza es, en este sentido, un ejercicio preciosista pero autocrítico, en que forma y contenido dialogan sin tregua; la narración camina cual funambulista por todas las posibilidades estéticas -desde el extremo de lo vulgar a la quintaesencia del goce espiritual- y así logra inserir al espectador en una tesitura problemática, cuya resolución parece apenas esbozar sólo en el monólogo final. Hasta llegar a ese momento, convive el minimalismo angelical de Arvo Pärt con la atronadora versión para discoteca de un tema cualquiera de la Carrà, convive el desolado Dies Irae del Requiem de Preisner (compuesto en memoria de su amigo Kieslowski, autor de la trilogía  cintematográfica a la que puso música) con temas de merengue o bachata con letras tan sofisticadas como mueve la colita mamita rica, mueve la colita.

Lo asombroso del asunto es que el carnaval, que invita a tutti quanti -la variedad de tribus urbanas es notable en la fiesta de apertura-, es especialmente celebrado por quienes se supone familiarizados con una degustación estética refinada. Es la paradoja del aristócrata-perverso, o de los religiosos que Sade gusta retratar en sus novelas como los más desaforados. Michel de Montaigne había advertido ya en el ensayo Sobre la experiencia acerca de la propensión de rebajarse por parte de quienes, reclamándose educados o espirituales, acaban tanto más sometidos a las afecciones de la carne. Algo semejante plantearía Hume siglos después al afirmar que las “indagaciones profundas”, lejos de liberar al filósofo, lo dejan en una situación de dependencia y vulnerabilidad frente a los movimientos del corazón. La indagación profunda es ahora -en pleno siglo XXI- prácticamente una quimera, pero permanece el sometimiento al propio cuerpo, lugar de la pregunta sin respuesta que se proyecta por doquier, con plena inconsciencia. En el fondo la figura del Don Giovanni, paladín de la inmediatez del erotismo, se ha democratizado en aras del consumo, que como se sabe no distingue de status (lo único necesario, para actualizar la posesión, es el llamado ‘poder adquisitivo’). Los personajes que desfilan en La gran belleza, reflejo inmisericorde de la pluralidad de opciones que entretejen el mismo drama, han olvidado la razón de su búsqueda; se desencuentran en vela, cegados por el tedio, y de ahí la necesidad de hundirse en una intensidad artificiosa, inmediatamente mediada por sustancias y caprichos materiales.

Junto con el desconcertante personaje de la santa, ascética centenaria que se sitúa en el extremo opuesto de algunos de los que difunden su espiritualidad, Jep Gambardella participa de aquella celebración vacua saliéndose al mismo tiempo del paradigma, pues posee la conciencia, que como tal eleva y rebaja. De nuevo, pensando desde Edipo, esta conciencia habilita una claridad que es sufrimiento. Si el afectado no sabe siempre lo que busca, al menos lo intuye, lo ve poderosamente, más allá de la forma habitual de mirar y ver. Aquello se encuentra en el origen, de donde él procede: la plenitud perdida, la intensidad mítica del instante que se vive en su ausencia. La dimensión inefable de semejante experiencia parece exigir -y requiere, de hecho- una reparación estética. El pesar que Paolo Sorrentino impone a su protagonista, ávido de sensualidad, se halla anclado en una experiencia iniciática, la del primer amor. Amor inigualado, amor de belleza imposible que baliza en el cielo -el techo de su habitación, visión de aquel mar- la búsqueda de una belleza igualmente superior. ¿Puede, como tal, ser alcanzada? El exceso de luz de la gran belleza, cegador, sume en la oscuridad del anhelo insatisfecho a todo aquel que de ella se ha beneficiado; pero al mismo tiempo, en tanto que contraimagen de la muerte, alimenta la pasión en cada una de las vibraciones que –por ínfimas que sean- prestan voz a lo vivo.

La película que lleva por título La gran belleza no es un mero itinerario poético, por mucho que en efecto ensalce y promueva el deleite de los sentidos. Revela lo común de la condición personalísima en la que, desde la perspectiva de la sensibilidad, se encuentra todo ser humano. Su grandeza es crítica, al delimitar el alcance de una necesidad que no tiene nada de gratuito: sin moralina ni excesiva autocomplacencia intelectual diagnostica la huella del experimentar que interviene en la formación y desarrollo de la personalidad, tanto más condicionante cuanto inadvertido u obviado. Desvelado por un fogonazo de intensidad inigualada, el protagonista necesita de un periplo de retorno, una odisea por todos los recovecos estéticos para llegar a reconocerse, para asumir que la caída en una realidad apenas vibrante puede y debe ser reconducida. De ahí la propuesta ética que silenciosamente subyace a la intensidad estética. La gran belleza es el lastre que le ha de permitir volar, volver a escribir y así revivir aquella intensidad. Belleza hallada, nunca del todo perdida.

 Texto:  Jacobo Zabalo