ISSN 1989-1938
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Revista de pensament musical en V.O.

Entrevista a Bernarda Fink


CARME MIRÓ

Nacida en Buenos Aires, Bernarda Fink es una de las cantantes más carismáticas de su generación.
Su inteligencia, instinto y curiosidad le permiten seguir en esta compleja carrera profesional aportando su energía vital. Ella está segura de que los cantantes están en el escenario para transmitir una parte de la belleza universal que al público le hace falta para ser feliz.
Bernarda Fink atendió a Sonograma Magazine con la amabilidad y generosidad que la caracterizan.

Bernarda Fink©Julia Wesely

Bernarda Fink ©Julia Wesely

Carme Miró: ¿En qué medida la introversión participa en la interpretación musical?
Bernarda Fink: Cantar es volcar nuestro interior hacia afuera.
Cuando hacemos música estamos dando lo que somos. Uno no dice con la música sino que uno es. Esto significa una entrega muy grande, que dependerá de nuestro carácter, nuestra mayor o menor introversión o extraversión. Al mismo tiempo, para llegar a un autentico resultado emocional, hace falta un proceso intelectual de acercamiento al concepto del autor y de trabajo de pulimiento técnico. En la interpretación volcamos finalmente, queramos o no, nuestras historias personales, nuestros mensajes personales.

Recuerdo que cuando empecé a cantar las grandes obras de J. S. Bach, solía invadirme un tal respeto a su obra que me parecía no estar a la altura de tales alturas… Con el tiempo, la admiración no disminuyó, pero logré hacerme amiga de mis amados compositores, ya que ellos ¡nos necesitan! Es algo muy misterioso: que Franz Schubert o J. S. Bach ¡nos necesiten! Y de hecho, creo que es así: nos necesitan alertas, sensibles, con los oídos y el corazón abiertos y dispuestos a transmitir lo que ellos querían comunicar. Es evidente que si nosotros no ponemos parte de nosotros mismos, la interpretación se reduce a una mera lectura. Lo que los cantantes, el director, los músicos de la orquesta hacemos es, dar vida, re-crear la idea, los sueños del compositor, consistentes en papel y tinta. También el fenómeno de la recreación colectiva es algo bellísimo. Un director, muchos músicos en la orquesta, en el coro, y los solistas… ¡Cuantos cientos y miles de horas invertidas en trabajo, ejercicio, meditación, ensayos! Pero también en el público que asiste a los conciertos hay una inmensa energía invertida; se visten, se arreglan, toman el autobús, pagan una entrada, etc. Y cuando veo que quizás hay mil personas en la sala, se me ocurre multiplicarlo con la energía que cada uno ha puesto para poder llegar, es entonces cuando descubro que el resultado de este encuentro humano con la música es de una fuerza increíble. Y por esto creo que el fenómeno de la música en directo, el concierto es algo que me fascina y me conmueve cada vez más.

CM: ¿Cuándo y cómo inició su camino para que ocurriera esta entrega con la música?
BF: Mi relación con la música ha sido de entrada una relación muy de corazón, visceral, esencial.
Creo que todo empezó porque el lenguaje emocional con el que nos comprendíamos mejor en mi familia, venidos de Eslovenia a causa de la guerra, era el lenguaje cantado. Mi madre cantaba cantos populares eslovenos (una lista sin fin) mientras cocinaba, mi padre cantaba lieder de Schubert, Schumann, Wolf y composiciones de mi tío en conciertos de la colectividad y sus hermanas ya habían formado un terceto femenino en Liubliana antes de emigrar. Tenían un programa semanal en la radio de media hora; interpretaban clásicos y melodías populares que compositores escribían y arreglaban para ellas.

Emigrar significó empezar algo nuevo, así, sin más, a partir de cero.
La música, el seguir cantando en un Buenos Aires, que era un mundo completamente nuevo y muy distinto, se convirtió en el cordón umbilical que los-nos unía con lo conocido, con la patria.

CM: ¿Cómo vive usted estas dos realidades, Eslovenia y Argentina?
BF: Son dos mundos bastante opuestos. Los idiomas son completamente diferentes y también el temperamento de las personas y su estilo de vida. Debo confesar que, a veces, se me hacía muy difícil esto de vivir en dos mundos tan diferentes simultáneamente. Nuestra casa, de puertas adentro, era la pequeña Eslovenia, afuera estaba la gran Argentina. A pesar de haber nacido casi todos en Buenos Aires, mis hermanos mayores aprendieron castellano en la escuela. Yo, siendo la cuarta de seis hermanos, ya fui sabiendo… Mi familia tenía tras de sí una dramática experiencia de guerra, con muertes y un abandono forzado de la patria a causa de la revolución comunista. Ya en Buenos Aires, tras tres años de vida en un campo de refugiados en Italia, la gran familia pasó dificultosos periodos en las tres generaciones que vivieron bajo un mismo techo, afrontando las dificultades cotidianas, que no eran pocas. 

Aunque casi no veo televisión, vi hace unos días, en mi cuarto de hotel, un programa en la cadena Arte sobre el gueto de Varsovia. Aunque en realidad tenía intenciones de distraerme, no pude cambiar de canal, por solidaridad; no pude dejar de sentirme envuelta en las historias de estas personas. No hay palabras que puedan explicar estos sucesos tan vergonzosos. La historia aun no da, como para poder mostrar con la misma apertura las crueldades cometidas por las revoluciones comunistas en países devenidos democráticos hace apenas unos decenios. Pero, dejemos la guerra… nuestro trabajo es precisamente deshacer nudos que obstaculizan el camino para poder mirar hacia adelante. La música tiene, desde siempre, también, una función catártica. Para mí la música se ha convertido en mi oficio, y a pesar de la disciplina que impone la interpretación musical, tengo la suerte de que no lo siento como un trabajo. Cuando hay que cantar, se canta. Me doy cuenta de que la pasión y el amor por la música, por ahora, no aflojan dentro de mí.

CM: Y se encontró con René Jacobs…
BF: Sí, con René Jacobs conocí la música antigua. Fue un comienzo muy importante, un descubrimiento con el cual nunca había soñado. Nunca pensé que iba hacer música barroca en mi vida. Cuando yo estudié en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, de esto ya hace más de treinta años, la música barroca no se impartía en los estudios musicales. El puente hacia la música barroca, tan decisivo para mí, fue a través de J.S. Bach. Fue un amor a primera vista; tenía la sensación de haberlo conocido desde el comienzo de mi vida como la primera leche que tomé de mi madre. De Bach no me puedo separar, siempre me acompaña.

Bernarda Fink©Julia Wesely

Bernarda Fink ©Julia Wesely

CM: ¿Cómo ve el fenómeno del consumo de la música? ¿Qué opinión tiene sobre el mundo de las Star-system de la música clásica?
BF: Debo reconocer que me preocupa mucho la evolución del público, y el fenómeno de las Star-system no es mi mundo.
A mí me interesa el alma, me interesa la música que desde sus mismas raíces nos lleva a dimensiones superiores o más profundas. Sin esto, nos vamos al vacío. El objetivo del Star-System no es el Arte con mayúscula, sino el dinero. Y la fama por la fama es a la larga muy frustrante y no hace feliz. Está en nosotros el tener mucha firmeza para poner límites.

CM: ¿Dónde están los límites?
BF: Pues mire, esto es como el dinero, ¿quieres tener dinero para vivir, o quieres tener dinero para ahogarte en la riqueza? Yo admiro a las personas que saben decir «no».
Hace unos días escuché una entrevista al actor argentino Ricardo Darín. Me quedé entusiasmada con su actitud ante la vida. Darín decía que le habían invitado a trabajar en Hollywood y el entrevistador, extrañado, le preguntaba por qué no había aceptado el comienzo de una carrera estelar que le daría la posibilidad de tener un caserón en Santa Mónica y vivir una vida de estrella como en las revistas. Y él respondió, ¿y para qué todo esto? Ya tengo todo y más de lo que me hace falta para vivir bien, la gente me adora y tengo una familia que es mi felicidad. ¿Por qué querer más y más? 
A mí me interesa calzar el zapato que me vaya bien. La sociedad necesita tener modelos, personas a las que admirar y eso está bien. La auténtica estrella se deja iluminar por la luz y la refleja, la transmite a los demás.

CM: ¿En el recital, en el lied, es dónde usted se encuentra mejor?
BF: Es una de las formas en las que me encuentro realmente como en casa. Considero que es el género que exige más madurez, también por la responsabilidad de mantener atento al público y transportarlo a otro mundo durante una hora y media, nosotros solitos en el escenario. Sí, la intimidad del recital me fascina, al igual que el repertorio sinfónico, por no hablar del repertorio sacro, que es una de mis pasiones.

CM: ¿El estilo musical es decisivo para aceptar un concierto?
BF: Por supuesto. Cada vez que me encuentro con una obra nueva, me tomo mi tiempo para ver de qué se trata; leo el texto, compruebo la tesitura, y observo si el tipo de exigencias que tiene la obra musical corresponden a mis posibilidades vocales. Para mí, el texto es muy importante. Antes de ir a la música, primero suelo leer el texto, y cuando allí siento que algo en mi interior se mueve, acepto el reto porque entiendo que es algo con lo que me puedo identificar y, sin demora, me pongo a trabajar.

CM: ¿Qué dice a los jóvenes cantantes en sus Master Class?
BF: Cada vez me interesa más tener contacto con jóvenes músicos. Dedico mucho tiempo a pensar, a meditar sobre lo que comunico al público y a los jóvenes muy especialmente.
En mis conciertos, siempre agradezco las indicaciones y las informaciones del director cuando nos hace vivir su forma de entender la música porque alrededor de él, nosotros, los músicos de la orquesta y los cantantes, nos congregamos para transmitir un mensaje. Abrirse para sentir lo que pasa a tu alrededor es algo maravilloso. Todo esto me gusta explicarlo a los jóvenes.
Hay que insistir, a veces con suavidad, otras con contundencia, que cantar es dar, no mostrarse o producirse. La técnica vocal es fundamental para cantar bien, pero hay que entender que cantar bien es sólo un instrumento para que algo pase a través de nosotros, y esto requiere mucho trabajo. Uno debe preguntarse a si mismo sobre el porqué de su actividad musical, y paralelamente, leer partituras, oír música (no solo de cantantes), leer literatura, ver buenas películas y alejarse lo más posible de ser Star-system, porque, ante todo, hay que estar con los pies sobre la tierra. Estar dignamente en un escenario y que nos admiren está muy bien; pero no hay que olvidar nunca que estamos en el escenario para transmitir una parte de la belleza universal que al público le hace falta para ser feliz.
En este sentido somos servidores, sí, somos manos extendidas que transmiten algo que nos ha sido dado.

CM: ¿Qué es lo que más le ha conmovido en su evolución profesional?
BF: El salto más grande en mi evolución personal fue despegarme de mi familia y dejar de ser parte de para ser yo misma. Esta parte de mi camino fue la más difícil y he tenido la gran suerte de tener a mi lado grandes personas que me han ayudado a confirmarme, a encontrarme a mí misma, y a lanzarme al vacío, porque he tenido esta sensación de vacío en el momento de emprender mi propio camino. Estoy muy agradecida a las personas que han sido un apoyo fundamental en mi vida y sin las cuales no estaría en estos momentos donde estoy. Me han abierto nuevas perspectivas en las que yo no había soñado. Se necesita mucha energía y mucho fuego interior para luchar por algo. Cada vez soy más consciente de lo importante que es ser generosa para con los demás y me ocupa mucho el buscar qué es lo que puedo dar de mí como cantante y qué podré dar cuando ya no lo sea. 
Interpretar música es, sin ninguna duda, un acto de fe.

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