ISSN 1989-1938
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Revista de pensament musical en V.O.

Witold Lutoslawski, cien años


In memoriam


RAMÓN ANDRÉS

Ventisca de octubre. 1939. Cerca, las cuencas del Warta. Los prisioneros van envueltos en un olor de franela, camino de Cracovia. Llevan cautivos ocho días. La trenza blanca de gasoil se deshace rápida tras el camión. El frío. El aire tiene el color que imprime Sokurov al hierro militar. Los barracones quedan atrás, también las aisladas casas con techos de tablas oscurecidas. Las gentes cargan fardos y pasan por la margen de un lodazal viscoso, como de un vertido. El contrapeso de la barrera es una lata con pedruscos. Sobre los campos rebota el eco de una avioneta de reconocimiento. Es un golpe mecánico el que llega de arriba, el taladro grasiento de un Argus As 10 <http://es.wikipedia.org/wiki/Argus_As_10>. Atardece. Sobrevivir a las ideas de lo terrible. Esto es Europa.

“La división de la tierra con la duda” Técnica: Mixta s/t de lino, 80×80 cm, Año: 2012

Es el escenario que veía uno de los desastrados del pelotón, que en cada revuelta de la carretera, en cada gesto de cansancio de los guardias, imaginaba una fuga. Y así llegó el momento: un salto, una carrera rápida, el sigilo del indómito que escapa y cruza por entre matojos sin reparar en los tirones ni en los desniveles rehilados de raíces salidas como cepos. Confundirse con la oscuridad, correr hasta lo más espeso de la tiniebla, donde no llegan las alarmas ni penetra el canal de los focos. Los soldados de cruz gamada y casco Stahlemlm 35 han dejado de perseguirle. Ha escapado de la Wehrmacht junto a unos pocos fugitivos. Es el prisionero Witold Lutoslawski, de veintiséis años. Empieza a caminar, ahora como un furtivo que urdirá una identidad falsa. Cuatrocientos kilómetros a pie, muchos entre la humedad de los bosques, hasta llegar a Varsovia.

En la capital, y bajo nombres que lo encubrían, ganó el sustento tocando el piano en cafés y oscuros cabarets. Arreglaba y componía valses y tangos, canciones populares, improvisaba. Pensar el anonimato, la huida, el destino y la música; ése fue su cometido desde entonces. Los alemanes habían entrado por el Oeste, por las tierras de Dirschau, junto al Vístula. Los rusos, días después, por el Este, a través de Kresy. A un lado el Réquiem Ajmátova, al otro los Fragmente de Gottfried Benn.

Años de contienda y demolición. Cuando fue proclamado el armisticio Polonia era una humareda. Para el fugitivo Lutoslawski no hubo tregua. El totalitarismo levantó un muro que lo cubrió todo. De nuevo la infamia. Las autoridades estalinistas lo sometieron a un continuo acoso; habían dado muerte a uno de sus hermanos. Aislamiento, exclusión, censura. Al escuchar la Sinfonía nº 3, y no menos el anterior Cuarteto de cuerda, o bien los Trois poèmes d’Henri Michaux, uno repara en lo deslumbrante de estas obras que explican el desmantelamiento de un ser humano, su humillación. Una armonía rota y escindida, extraños acordes desparramados como cuerpos mutilados, pasajes de repentinas borrascas, bloques orquestales que caen fragmentados, violines sonando como lo hacen las voces en la niebla. Eso es la música de Lutoslawski, no composición, sino recomposición de un mundo hecho pedazos.

Pocos han sido los músicos capaces de expresar hasta sus últimas consecuencias la fragilidad y la nebulosa del hombre contemporáneo, su vagar sin saber hacia dónde, su pertenencia a la Historia. No es un azar que se le considere el mejor compositor polaco desde Chopin. Música fúnebre, Paroles tissées, el sonido del violoncelo, todo en sus partituras es movilidad, todo son pasadizos sinuosos como ocurre en los fotogramas de Béla Tarr, descensos hacia no se sabe qué dominios, rozaduras y golpes. Lucidez. Y, sin embargo, el oyente complacido con la tradición y acostumbrado a un oído tonal, pensará que la torva sonoridad de páginas como el Concierto para violoncelo y orquesta, dedicado a su amigo Mstislav Rostropóvich <http://es.wikipedia.org/wiki/Mstislav_Rostrop%C3%B3vich>, o las Cinco canciones constituyen un espacio difícil de franquear. Pero no es así. Basta con comprender, en lo literario, la sintaxis obstinada de Thomas Bernhard, o las llanuras desoladas de Adam Bodor para entender los caminos por los cuales Lutoslawski trazó la biografía de una realidad que, a tenor de cuanto ocurre hoy, continúa con su burla. La suya es una música que jamás olvida de dónde procede, de qué campos de exterminio, de qué Europa expoliada; sus notas nunca dejan de preguntarse cuánto hay todavía de convulso en este continente.

Cuando en 1981 fue creado el sindicato Solidaridad (Solidarnosc <http://es.wikipedia.org/wiki/Solidarno%C5%9B%C4%87>), explicitó, una vez más, su oposición al régimen, tan apegado a la barbarie, tan nostálgico, en lo artístico, del Realismo socialista. Quiso que su Sinfonía nº 3 resonara a todo volumen, como así fue, en los astilleros de Gda?sk, donde las movilizaciones obreras, que duraban desde hacía una década, pusieron freno a los desmanes del imperturbable Jaruzelski, ese militar de gafas oscuras y gesto resentido. Aquella música debió estallar como un grito de liberación en los muelles, como un fogonazo. Desde entonces, el reconocimiento. Cuando esto sucedió, fuera de su país era ya venerado y premiado, amigo de Benjamin Britten ?otro maestro nacido en 1913? y Michael Tippet, y no menos de Pierre Boulez, que en 1966 dirigió Direct, el segundo movimiento de la Sinfonía nº 2 ?el primero, Hésitant, no estaba finalizado?. Esa estima le permitió interpretar sus obras por toda la geografía.

Acostumbrados como estamos a las monótonas y mecánicas efemérides, que este año jalean a Verdi y Wagner, cabe recordar que hace un siglo nació el maestro Lutoslawski, audaz e irreductible, que empleó el dodecafonismo de un modo bien distinto a como lo hiciera Schönberg; el músico que buscó la aleatoriedad, la dislocación de las formas para dar cuerpo a unos volúmenes de trazo tan angustiado como profundo. Expresó la supervivencia de un hombre, y aun de la música, y el duro caminar por un continente acostumbrado a los desmantelamientos, lleno de roderas y cruces clavadas, donde se oyen sus melodías escritas para desalambrar el mundo.

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