Revista de pensament musical en V.O.

Y Nietzsche se volvió caballo


JORDI TERRÉ

Lo divino quiere habitar la carne.
[Luce Irigaray, Amante marina. De Friedrich Nietzsche]

Puede que choque a muchos y contradiga la perezosa etiqueta que como una maldición le acompaña desde su patética, histriónica entrada en el reino de las sombras, pero Nietzsche fue el primer intelectual deci­monónico que, no sólo por su situación privilegiada, sino por su excepcional ol­fato, pudo percibir y denunciar el huevo de ofidio que se estaba gestan­do en los pequeños círculos próximos al wagnerismo y que, medio siglo después, daría lugar al horror de los campos de exterminio nazis. Sí, pri­vilegiado y lúcido espectador, el luego sospechoso de todas las ignominias, fue el primero en percatarse, denunciarlo y tratar de tomar una asqueada distancia. Lo dice Jean-Pierre Faye, el principal estudioso de la forma­ción de los lenguajes totalitarios y criminales de la primera mitad del si­glo XX. Leed sus libros: El verdadero Nietzsche. Guerra contra la guerra, o Nietzsche y Salomé. La filo­sofía peligrosa. E incluso, en negativo, La trampa. La filosofía heideggeriana y el nazismo: a propósito de la “guerra de los rectores”, que precipitó la caída en desgracia de Heidegger, y el giro de tuerca mediante el cual éste hizo recaer sobre Nietzsche la responsabilidad de su propia posición filosófico-política. ¿Qué queda pues del Nietzsche protonazi que consagrarían los primeros equipos del Nietzsche Archiv, dirigidos por la funesta herma­na, y esa obra espúrea, La voluntad de poder, urdida para santificar la coyunda contranatura?

«Fons marí amb flor». Collagraf sobre tablex, 2002 ©Maite Tarrés

«Fons marí amb flor». Collagraf sobre tablex, 2002 ©Maite Tarrés

Elisabeth Nietzsche, la Gran Hermana, la administradora de su legado, la corresponsal de Mussolini, la donante al Führer del báculo dionisíaco y la decenios más tarde fastuosamente enterrada en so­lemne funeral presidido por la plana mayor del régimen oprobioso, entablaría un proceso contra Carl Albrecht Bernoulli, ex alumno del fiel amigo Overbeck, y conseguiría una orden judicial por la cual serían censuradas, y literalmente tachadas en negro, páginas enteras de su libro sobre el pe­ríodo basilense de Nietzsche (Franz Overbeck y Friedrich Nietzsche. Una amistad). Ya desde el primer momento, Overbeck se había desvinculado de esa hórrida calceta de ganchillo hagiográfica perpetrada por el comando de “la moral naumburguesa” que ponía a disposición de las pavorosas fuerzas nacionalistas y antisemitas emergentes los escri­tos de uno de los pensadores más paradójicamente inmanejables que ha­yan penado sobre la faz de la Tierra. Sí, el pensador de la “fábula del águila y el cordero”, del “triun­fo de los esclavos en la moral”, el Anticristo, el intempestivo adversario de las ideas modernas, de las ideas triunfantes, y ponga usted en ese saco todo lo que quiera, se negó siempre, a lo largo de su vida, a compartir mesa con los bocazas de la estupidez y la abyección protonazi. Paladares finos, es lo que reclamaba el pensador solitario, pero también estómagos resistentes.

Porque, por supuesto, Nietzsche fue un pensador peligroso (¡de qué pensamiento que verdaderamente lo sea no podría decirse lo mismo!): ¡es que ciertamente no escribió para halagar los buenos sentimientos de las encopetadas comensales del Hotel Edelweiss, de Sils-Maria, a quienes, como recuerda la anécdota, desaconsejaba encarecidamente la lectura de sus libros!

Decía Roberto Calasso que “quien practica la filosofía experimental debe aceptar que su propia filosofía sea experimentada también por gente abominable”… Pero sucede que, al hacerlo, esa gente abominable no consigue otra cosa que experimentar y dar prueba de su propia estupidez. Del autor del Catecismo antisemita, Theodor Fritsch, exclamaba Nietzsche horrorizado: “Cuando oigo la palabra ‘Zaratustra’ saliendo de su boca, siento ganas de vomitar”. Y cuando Nietzsche, el “buen europeo” que “piensa extraeuropeo”, descubre que su editor, Schmeitzner, es también el editor del anti­semitismo y protonazismo emergente (las Hojas de Bayreuth, en su vertiente mitológica, y la Correspondencia Antisemita, en su vertiente política), decide apartarlo de su compañía e intenta incluso recuperar el derecho sobre sus libros, a pesar de su oneroso coste y sus dificultades financieras, haciendo una colecta entre sus amigos.

¿Y qué dice la filología? Caro a la retórica racista es el tema de la pureza, la higiene racial, la limpieza étnica. Michel Serres (Hermes V. La distribución) enume­ra, en el vocabulario de El Anticristo, una profusa retahíla de términos centrados en la dinámica de la infección y el contagio, la pureza y la pu­trefacción: un “vademécum de microbiología” y un “breviario de parasi­tología”, dice, precisamente en el momento en que se inventaba la higiene, es decir la era de Pasteur. ¿Y bien? La noción nietzscheana de salud, de Gran Salud, ¿no abarca precisamente, y disuelve a la vez, el antagonismo simple de salud y enfermedad? ¿No es acaso la salud tipológica precisamente aquella que es capaz de enfermar, de enfermar… y reponerse, como dirá más tarde Canguilhem? ¿No afirma Nietzsche, el gran enfermo, que, en el fondo, siempre ha gozado de buena salud? ¿Quién puede ver en eso, como Yvan Gobry, un mecanismo de compensación a la Adler: la impotencia que se mira en un espejo sublimado? La higiene, escribe Serres, es estéril y nociva: sólo la impureza inmuniza y crea. La leche, virginal e inmaculado efluvio materno, entregada a la suciedad y la corrupción, se transmuta y transfigura en un estado superior: el queso. Esa refinada conquista de la cultura no es otra cosa que una “aclimatación de la podredumbre”. Y, qué duda cabe, “la salud, la vida, tienen la forma del queso.”

No siempre se recuerda que en casa de los Nietzsche se practicaba la homeopatía. Y Nietzsche era un maestro en esa ciencia de los venenos: “de tus venenos has extraído tus bálsamos”, así hablaba Zaratustra. Y añadía: “Y quien no quiera morir de sed entre los hombres tiene que aprender a beber de todos los vasos; y quien quiera permanecer puro entre los hombres tiene que entender de lavarse incluso con agua su­cia” (“De la cordura respecto a los hombres”). O incluso esto otro: “En verdad, una sucia corriente es el hombre. Es necesario ser un mar para poder reci­bir una sucia corriente sin volverse impuro” (Zaratustra, “Prólogo”, § 3). No la pureza, sino la metabolización y la transfiguración de la podredumbre y el mestizaje: la hibridación exitosa. Eso es lo Sobrehumano.

Y, efectivamente, todo es cuestión de cuerpo: composición y descompo­sición. Hilo de la interpretación, no hay otro campo de batalla, ni otro laboratorio de vida. La utilización por parte de los ideólogos nazis de los enuncia­dos biológicos de Nietzsche, como una especie de darwinismo social aplicado al pseudoconcepto de las razas, servirá a Heidegger, a contrario, para distanciarse él mismo, en un astuto juego de prestidigitación (¿su famoso “giro”?, ironiza Faye), de su efectiva vinculación con la doctrina infame. Y así escribe, en su Nietzsche, un texto que habría de hacer for­tuna: “El pretendido biologismo de Nietzsche”.

Una mujer, ¡cómo no!, Sarah Kofman, pensadora judío-francesa, que se suicidaría significativamente el 15 de octubre de 1994, el mismo día en que se celebraba el 150 aniversario del nacimiento de Nietzsche (y esas cosas, como cualquier lector de Nietzsche debería saber, son muy, pero que muy importantes), en su prodigioso, y tan luminoso como voluminoso estudio sobre Ecce Homo, Explosión I y II (que permanece in­comprensiblemente sin ver la luz, y completamente ignorado, en castellano), denuncia­ba que el intento heideggeriano de substraer a Nietzsche a una lectura biologizante dejaba de lado lo esencial: todo lo que lo une al deseo, a la mujer, a la alegría, a la risa, “a la gran fiesta pagana del pensamiento”. De ese modo, se salvaguardaba aparentemente a Nietzsche de la apropiación nazi, pero, simultáneamente, se le sometía a un escrutinio que ignoraba “todo lo pulsional, la afirmación alegre y heroica, pagana, del pensamiento como interrogación infinita”. En el momento en que pretende salvarlo, lo pier­de: no lo protege sino para inscribirlo mejor en el seno de la facticia his­toria de la metafísica occidental. Fulgurante jibarización de la multiplici­dad de máscaras de esa “estructura social de muchas almas” que es un cuerpo (Más allá del Bien y del Mal, § 19) en la simplicidad de un nom­bre único. Toda fábula identitaria está inscrita en el seno de una estrategia policial.

Paralelamente a la lectura heideggeriana, el primero en disentir contra esa tergiversación nazi fue Georges Bataille, quien, en plena Segunda Guerra Mundial, danza desnudo y ebrio, más que escri­be, un libro (Sobre Nietzsche. Voluntad de suerte) donde la desvincula­ción del nombre de Nietzsche de la infamia nacional-socialista no es alérgica al devenir-corporal de su lectura. Con la risa de los dioses y la carcajada nietzscheana, el valor absoluto e incondicional de la Verdad salta en pedazos, se des-membra tal como el descuartizado cuerpo de Dioniso. Exenta de su compromiso moral con la Verdad, la escritura recupera su inocencia: la de un niño que juega a los dados y compone un mundo. Lo que cuenta es su valor para la vida: “Cuando todas las interpretaciones son posibles, no hay ciertamente nin­guna razón para elegir la más banal o la más estúpida”, escribía Camus en su Calígula. O bien, fundamento de una jerarquía ética inmanente, podría decirse igualmente: Cuando todas las acciones están permitidas (y la Muerte de Dios quiere decir que lo están), no hay ninguna razón para elegir la más mezquina o la más canalla. ¿O acaso habrá que romperles antes los oídos, para que aprendan a oír con los ojos?

No tenemos otra comprensión del Ser que el vivir, pero ese Bíos, es­cribe Heidegger, no podría ser el de la animalidad. La clarividencia de Nietzsche, tan políticamente incorrecta (tan hilarante, por esa misma razón), tiende un puente por encima del siglo transcurrido desde entonces: y es Peter Sloterdijk quien, bajo el ensordecedor cacareo de los “humanistas” de hogaño, nos lo recuerda en sus Normas para el parque humano. ¿Cómo olvidar la aventura de la hominización, la animalitas del hombre? El hombre, como animal inacabado, es un terreno fértil para la experimenta­ción; su neotenia, su plasticidad, su aptitud para el autocultivo — no otra es su gran ventaja evolutiva (transformadora, que no adaptativa).

Por supuesto, sí que existe un biologismo nietzscheano: “Una sed ardiente se apoderó literalmente de mí; a partir de entonces, no me ocupé de hecho de otra cosa que de fi­siología, medicina y ciencias naturales” (Ecce Homo, “Humano, demasiado humano”, § 3). Puede leerse el libro de otra mujer: Barbara Stiegler (Nietzsche y la biología, tampoco traducido). Dioniso filósofo (correlato del “Sócrates músico” del Nacimiento de la tragedia) desea encarnación, y cuando un dios se apodera de ella, la carne danza trémula: ¡cómo creer en un dios que no sepa bailar!

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